Fiyi: tatuajes que marcaban el paso de niña a mujer

(Por Tattoo Colombia – 2025)

Introducción

En Fiyi, tatuarse no era un acto estético. Era un pacto con la vida.
Durante siglos, las jóvenes fiyianas atravesaban un ritual llamado veiqia, una ceremonia dolorosa, espiritual y profundamente femenina.
La tinta no se aplicaba: se heredaba. Era el momento en que una niña se convertía en mujer, cuando el cuerpo dejaba de ser inocente y empezaba a hablar el lenguaje de la tierra.


Capítulo 1: El ritual que tatuaba el alma

Cuando una joven alcanzaba la pubertad, toda la comunidad lo sabía. No por palabras, sino por preparación. Durante días, las mujeres mayores la bañaban con hierbas, la purificaban con humo y la cubrían con aceites.
El ritual era íntimo y colectivo a la vez: la futura mujer debía estar lista para soportar el dolor, pero también para cargar el símbolo de su linaje.

Las herramientas eran primitivas pero sagradas: espinas afiladas, tintes vegetales, golpes rítmicos. El proceso podía durar horas, incluso días. Y cuando la tinta penetraba la piel, también lo hacía el espíritu de las que vinieron antes.


 Capítulo 2: Las marcas que hablaban de identidad

El veiqia no era decoración. Era un código ancestral que contaba quién eras, de dónde venías y a qué espíritu pertenecías.
Cada símbolo tenía un significado: líneas onduladas que hablaban de fertilidad, puntos que representaban la luna y triángulos que evocaban la conexión entre cuerpo, mente y alma.

Las mujeres tatuadas eran consideradas completas. Quien moría sin el veiqia era vista como un alma incompleta, incapaz de cruzar el umbral hacia el más allá.
En Fiyi, la tinta era más que tinta: era la llave entre mundos.


 Capítulo 3: Lo que queda de la tinta

Con la llegada de los colonizadores y las misiones religiosas, el veiqia fue prohibido. Se consideró pagano, inmoral, bárbaro.
Las generaciones siguientes nacieron sin marcas, pero con el vacío de no entender por qué sus abuelas las llevaban.
Hoy, una nueva ola de artistas y antropólogas está reviviendo esta práctica, reinterpretándola desde el arte contemporáneo.
En cada línea recuperada hay resistencia, en cada símbolo recreado, memoria.

El veiqia vuelve a la piel, pero también al discurso. Porque ser mujer —en cualquier época— siempre ha sido un rito de fuego.


 Cierre

“El veiqia no era adorno. Era el alma tatuada para este mundo y el próximo.”
En un mundo que olvida rápido, el tatuaje sigue siendo lo que siempre fue: una cicatriz que recuerda.

(Por Tattoo Colombia – 2025) Introducción En Fiyi, tatuarse no era un acto estético. Era un pacto con la vida.Durante siglos, las jóvenes fiyianas atravesaban un ritual llamado veiqia, una ceremonia dolorosa, espiritual y profundamente femenina.La tinta no se aplicaba: se heredaba. Era el momento en que una niña se convertía en mujer, cuando el […]

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