COLOMBIA: TATUAJES ANTES DE LA CONQUISTA

TATUAJES ANTES DE LA CONQUISTA

Por Tattoo Colombia Magazine


I. Introducción: cuando la piel era territorio sagrado

Antes de las agujas, ya había tinta.
Y antes de los conquistadores, ya existían los tatuadores.

Colombia, mucho antes de ser un mapa dividido en departamentos,
fue un territorio de pigmentos, símbolos y cuerpos que hablaban con la tierra.
Las marcas sobre la piel no eran moda ni rebeldía,
eran lenguaje espiritual, identidad y conexión con los dioses del monte, del río y del fuego.

Los pueblos originarios entendieron algo que el mundo moderno olvidó:
el cuerpo también podía ser altar.


II. Raíces invisibles: los primeros tatuadores

Entre los muiscas, los pijao, los quimbaya, los zenú, los tikuna y los uitoto,
existía la práctica de marcar la piel con pigmentos naturales.
Usaban carbón, ceniza, tierra roja y extractos vegetales como el huito o el jagua,
mezclados con grasa animal o savias de árbol.

Cada figura tenía un propósito:
proteger, sanar, conectar o recordar.
Eran símbolos de la naturaleza convertidos en escudos espirituales.
Una espiral representaba el movimiento del tiempo;
una línea en zigzag, el relámpago;
un círculo, la vida que regresa.

Tatuarse no era una moda tribal: era una oración en movimiento.
El cuerpo hablaba el mismo idioma que el bosque.


III. Cultura viva: la tinta que sigue respirando

Aunque el tiempo y la colonización intentaron borrar esas marcas,
algunas comunidades mantuvieron viva la costumbre, transformándola.
En el Amazonas, los Tikunas siguen pintando su piel con huito antes de ceremonias y fiestas,
dibujando líneas que representan la unión con los ancestros y los espíritus del río.

Entre los Wayúu, la piel decorada sigue siendo signo de identidad,
una manera de mantener viva la memoria de las abuelas que pintaban el cuerpo para danzar,
para protegerse del sol o para invocar fortaleza.

Estos tatuajes no eran permanentes:
duraban días, semanas, a veces meses.
Pero su significado perduraba por generaciones.
Cada trazo era una conversación con quienes ya no estaban,
una promesa de no olvidar.


IV. Renacimiento: la herencia bajo la piel moderna

El tatuaje colombiano contemporáneo no nació en estudios de luz blanca ni con máquinas eléctricas.
Nació en las cuevas, en las riberas, en los rituales y en los cantos.
Cada artista moderno que toma una máquina está, sin saberlo,
repitiendo un gesto ancestral: marcar el cuerpo para recordar.

Cuando un tatuador colombiano dibuja una serpiente, un sol, una luna o una montaña,
está recreando símbolos que vienen de los pueblos que entendían el arte como vínculo sagrado.

Somos herederos de los primeros tatuadores del continente,
los que no firmaban su obra, porque el arte no se firmaba,
se ofrecía.


V. La conquista y el olvido

Con la llegada de los conquistadores, el cuerpo dejó de ser lienzo y se convirtió en pecado.
Las marcas fueron asociadas con paganismo, barbarie o rebeldía.
Durante siglos, la tinta fue perseguida como símbolo de resistencia.

Pero el fuego no se apaga con dogmas.
Debajo de la piel, la memoria siguió latiendo.
Y cada tatuaje contemporáneo —ya sea realista, tribal o ornamental—
lleva en su sombra un eco de aquellas marcas prohibidas.


VI. Cierre

“En Colombia, los tatuajes existían mucho antes de la Conquista.”
Fueron plegarias, pactos y mapas del alma.
Y hoy, cuando una aguja toca la piel,
no solo marca una historia nueva:
despierta una antigua.

“Llevamos historia bajo la piel.”

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